domingo, 31 de julio de 2005

El tercero de los buques de la serie "pelícano" de Trasmediterránea recibió el nombre de "Santa María de las Nieves"


JUAN CARLOS DÍAZ LORENZO
SANTA CRUZ DE LA PALMA


A comienzos de la década de los años sesenta, Compañía Trasmediterránea había planificado la progresiva retirada de los correillos negros de los servicios interinsulares de Canarias. Para ello, en abril de 1962 contrató la construcción de tres buques gemelos destinados a las líneas del archipiélago, con entregas previstas entre 1963 y 1964, que serían los primeros barcos nuevos que navegarían en las islas después de algo más de ¡50 años!, desde el primer semestre de 1912.

Por entonces el capitán de navío Leopoldo Boado Endeiza era subsecretario de la Marina Mercante y Compañía Trasmediterránea, accionista y uno de los principales clientes de la cartera de trabajo del astillero Unión Naval de Levante, donde se construyeron los nuevos buques de la denominada serie "pelícano", unos barcos balanceros y de poca máquina que la voz marinera popular bautizó con el mote de los "mariquitas blancos".

Sobre el proyecto eran unidades de 1.200 toneladas brutas, 623 netas y 454 de peso muerto, siendo sus principales dimensiones 67 metros de eslora total -59,44 entre perpendiculares-, 11 de manga, 5,19 de puntal y 3,17 de calado máximo. Estaban propulsados por dos motores diesel, fabricados bajo licencia por la Maquinista Terrestre y Marítima, en Barcelona, con una potencia de 1.750 caballos y 15,25 nudos de velocidad en pruebas de mar.

Los tres buques recibieron los nombres de Santa María del Pino, Santa María de la Candelaria y Santa María de las Nieves, bautizados así en honor de las patronas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, respectivamente. Tenían capacidad para 227 pasajeros: 18 en primera clase, 60 en segunda y 135 butacas en tercera clase, en un salón con ventanales por ambas bandas de ingrato recuerdo y otros 14 en el salón del bar, situado debajo del puente.



"Santa María del Pino"
El primer buque de la serie fue el Santa María del Pino, construcción número 84 del citado astillero. El 8 de junio de 1963 se procedió a la botadura y el 22 de agosto siguiente realizó las pruebas de mar, siendo entregado en ese mismo día a sus armadores.

El 27 de septiembre de 1963, al mando del capitán Gonzalo Molina Hernández, llegó a Santa Cruz de Tenerife en su primer viaje. Poco después de su estreno en estas aguas auxilió y remolcó al pesquero Vicentuco, que había quedado a la deriva cuando se dirigía al puerto de Arrecife.

En abril de 1964 sufrió una avería en uno de los motores principales, que lo mantuvo inoperativo hasta el mes de julio. Trasmediterránea pensaba sustituirlo por el vapor Gomera, pero las críticas en los medios informativos locales arreciaron del tal modo que el relevo lo hizo su gemelo Santa María de la Candelaria. En diciembre de ese mismo año hizo viaje al astillero valenciano para realizar reformas en el salón de butacas y en otras dependencias, así como verificar la instalación de las quillas de balance. Los trabajos se prolongaron por espacio de cuatro meses y durante ese tiempo fue sustituido por el vapor Viera y Clavijo.

En junio de 1971 prestó servicio en la línea Ciudadela-Cabrera, en la que se encontraba cuando auxilió al vapor Mallorca, que había embarrancado en la playa de Los Dolores cuando salía de Ibiza en viaje a Palma, en el mismo lugar donde en 1932 había varado el destructor de la Armada española José Luis Díez. El pasaje fue desembarcado y transbordado al buque Santa María del Pino, mientras que el veterano Mallorca fue reflotado con la ayuda del remolcador Sertosa 9, sin que se apreciaran daños importantes.

En febrero de 1980, el consejo de administración de Compañía Trasmediterránea acordó la venta de este buque. La Dirección General de la Marina Mercante lo autorizó el 25 de abril siguiente y, a continuación, el buque Santa María del Pino quedó amarrado en el puerto de Palma de Mallorca a la espera de acontecimientos.

El 8 de julio siguiente se firmó un contrato con el empresario Antonio Triay Llopis, en 15 millones de pesetas, pero el comprador no se hizo cargo del barco en la fecha acordada por lo que el contrato quedó resuelto y se puso de nuevo en venta, siendo adjudicado a Salvamento y Demolición Naval, de Barcelona, en 6.300.000 pesetas y desguazado en Vilanova i Geltrú en diciembre de ese mismo año.



"Santa María de la Candelaria"
El segundo buque de la serie, construcción número 85, realizó las pruebas de mar el 9 de marzo de 1964 y a continuación fue entregado a Compañía Trasmediterránea. El capitán Leopoldo Rojas Mateos fue su primer titular. Debido a la fuerte demanda de pasaje entre Palma y Valencia con motivo de las Fallas, realizó dos viajes extraordinarios en la citada línea y el 1 de abril siguiente se celebró una recepción a bordo en el puerto tinerfeño con motivo de su incorporación a los servicios interinsulares.

El 19 de diciembre de 1964, en viaje de Sebastián de La Gomera a la capital tinerfeña, nació a bordo un niño, cuando el barco navegaba frente a la costa de El Socorro, en Güímar. La madre, acompañada de su esposo y de un médico que había aconsejado su traslado a Santa Cruz de Tenerife, dio a luz con normalidad y el recién nacido recibió el nombre de Juan Bautista del Mar.

El capitán del buque Santa María de la Candelaria contactó a través de la estación radiocostera con la clínica Llabrés y cuando atracó en el muelle Sur había dispuesta una ambulancia para el traslado de la madre y su retoño. La familia Medina Tomé residía en Lomo de San Pedro (Hermigua) y el recién nacido era el cuarto de sus hijos. El médico que atendió a la madre, María Rosa Tomé Cámara, era el doctor Emilio Muñiz.

En julio de 1969 el buque se desplazó al sector de Baleares para cubrir la línea Barcelona-Valencia y con posterioridad volvió en varias ocasiones a Canarias. El 23 de febrero de 1974 varó en el bajo de El Guincho, próximo a Playa de las Américas, cuando cubría la línea San Sebastián de La Gomera-Los Cristianos. En su auxilio acudió el remolcador Punta Anaga -capitán, José Bastida-, que pudo reflotarlo y lo remolcó a NUVASA donde reparó las averías. Durante este tiempo, la incidencia fue cubierta por el buque Santa María de las Nieves.

En 1975, tras la incorporación de los buques Ciudad de La Laguna y Villa de Agaete, y después de haberse cancelado otros proyectos de comunicaciones interinsulares tanto en Baleares como en Canarias, Trasmediterránea decidió, en octubre de 1980, la venta de este buque, para lo que solicitó la autorización de la Dirección General de la Marina, que contestó el 5 de enero de 1981 y se renovó sucesivamente el 29 de julio de 1981 y el 11 de marzo de 1982.

Se recibieron ofertas de Naviera Subirats y del empresario Santiago Colombás. La primera se interesó por los buques Santa María de la Candelaria y Santa María de las Nieves y el segundo, por uno u otro. Al final no hubo acuerdo y el 10 de mayo de 1982 se acordó la venta del buque a Demolición Naval e Industrial para desguace, en 3.600.000 pesetas, con entrega en el puerto de Palma de Mallorca, donde se encontraba desde hacía varias semanas, siendo posteriormente remolcado a Vilanova i Geltrú, donde se le corrió soplete.



"Santa María de las Nieves"
La construcción número 87 del astillero valenciano resbaló por la grada el 7 de marzo de 1964. El 16 de octubre de ese mismo año realizó las pruebas de mar y a continuación se procedió a su entrega a Compañía Trasmediterránea. Entre las autoridades presentes se encontraba el alcalde de Santa Cruz de La Palma, Gabriel Duque Acosta, que obsequió una imagen de la Nuestra Señora de las Nieves al capitán Antonio Botella Gozalvo, para su colocación en la cámara del buque.

Recién entregado efectuó dos viajes en la línea Valencia-Palma de Mallorca y el 25 de octubre fue despachado para Las Palmas de Gran Canaria, vía Cádiz. El 1 de noviembre arribó en su primera escala al puerto de Santa Cruz de Tenerife y a continuación hizo viaje a La Gomera y El Hierro, a donde llegó el día siguiente. El nuevo buque relevaba al vapor Viera y Clavijo, que pasó a cubrir la línea del Sahara.

El 5 de noviembre hizo su primera escala en el puerto de Santa Cruz de La Palma. El presidente del Cabildo Insular de La Palma, Manuel Pérez Acosta, obsequió al capitán con un óleo de la Caldera de Taburiente, obra del afamado artista palmero Francisco Concepción.

En noviembre de 1968 fue destinado al sector de Baleares para cubrir la línea Ciudadela-Cabrera, en sustitución del veterano Ciudad de Algeciras. Posteriormente volvió de nuevo a Canarias, donde se encontraba el 24 de julio de 1973, en viaje por la costa sur de Tenerife y auxilió al yate Tigris que amenazaba con hundirse.

Cinco años después, cuando se había dispuesto su retorno a Baleares, el buque Santa María de las Nieves registró el percance más importante de su vida marinera, cuando navegaba de Tenerife a Palma de Mallorca y el 12 de marzo de 1978 embarrancó en las proximidades de Cabo Espartel.

Ponerlo de nuevo a flote resultó una tarea ardua, ya que había varado en un banco de arena y en las horas de bajamar no podían acercarse los remolcadores que trataban de auxiliarlo. Al final se consiguió después de varios días de trabajos, siendo remolcado a Cádiz donde entró en dique seco para reparar los desgarres que había sufrido el casco. En agosto del citado año se incorporó a las líneas Palma-Mahón y Palma-Ibiza.

En octubre de 1980, el consejo de administración de Compañía Trasmediterránea acordó la venta de este buque, para lo cual solicitó autorización a la Dirección General de la Marina Mercante, que fue concedida en enero de 1981.

Se recibieron varias ofertas, entre ellas una de Naviera Subirats, de Palma de Mallorca, que se interesó por la compra de este buque y de su gemelo Santa María de la Candelaria, ofertando 17,5 millones de pesetas por ambas unidades, con entrega en un astillero sin carga adicional por parte del comprador. Asimismo, el empresario Santiago Colombás Llul ofreció 15,5 millones para convertirlo en sala de juego, pero ninguna de estas ofertas prosperaron.

El 3 de febrero de 1982 se firmó en Madrid un acuerdo con la compañía Globe Lines Overseas Ltd., de Jersey, para la venta del buque en 300.000 dólares, siendo exportado a Sudáfrica. Desde hacía varios meses se encontraba amarrado en Palma de Mallorca en espera de acontecimientos, siendo entregado a sus compradores en Barcelona y rebautizado Royal Zulú, con matrícula de Durban y contraseña de Lloyd’s Coast Lines.

El 20 de febrero de ese mismo año arribó al puerto de Las Palmas cuando iba en viaje a Ciudad del Cabo, al mando del capitán A.M. Kennedy, de nacionalidad inglesa, con una tripulación de 17 hombres, para suministrarse 80 toneladas de gasoil y 3.000 litros de aceites lubricantes.

En octubre de 1992 fue desguazado en Durban, a cargo del chatarrero Nathan Scrap. Entonces figuraba en el Lloyd’s como propiedad de C.H. Bailey plc y abanderado en Islas Caymán.



Los dos últimos
En abril de 1963 Trasmediterránea contrató otros dos buques de la serie "pelícano", que presentaban algunas diferencias en relación con los tres anteriores. Con algo más de potencia de motores -2.000 caballos- la línea exterior, a diferencia de una chimenea mástil popel, era muy parecida. El salón de butacas de tercera clase se había suprimido, tenían aire acondicionado, circuito cerrado de televisión y la grúa de la bodega de proa se había sustituido por dos puntales más útiles. Las prisas en entregarlos hicieron que vinieran sin estabilizadores.

Recibieron los nombres de Santa María de la Caridad y Santa María de Paz y entraron en servicio en marzo y julio de 1967. Estos buques, pese a las mejoras que incorporaban, fueron duramente contestados por la opinión pública y los medios informativos. El proyecto defendido por el subsecretario de la Marina Mercante, de que eran "idóneos" para los servicios de Canarias, encontró escaso eco.

En enero de 1984, ambos buques, así como el ferry Isla de Menorca, se vendieron al grupo griego Pyrgi Chios Shipping. El primero, rebautizado Irene y con pabellón hondureño, pasó a llamarse Cyprus Express en 1985 y ese mismo año fue rebautizado María I, con bandera chipriota. En 1987, con el nuevo nombre de Estrela do Mar, enarboló la contraseña de Irene Marine Co. Ltd. En 1999 pasó a la propiedad de la compañía filipina Coco Explorer Inc., siendo rebautizado Coco Explorer 1, situación que mantiene en 2005, según datos del Lloyd’s Register.

Por lo que se refiere al buque Santa María de la Paz se rebautizó María abanderado en Honduras. En 1985 se vendió a la naviera China Ocean Shipping Co. (COSCO), siendo matriculado en Guanzhou-Canton con el nuevo nombre de Dong Hu.

domingo, 24 de julio de 2005

A los pies de la Patrona palmera

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cuz de La Palma


En algo más de quinientos años de historia, La Palma, isla de larga y arraigada tradición marinera, tiene el principal punto convergente de la fe y la devoción de su pueblo en la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves, cuya advocación siempre ha estado presente en el mundo de la marinería.

"Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos dé buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento". Con esta oración se hacían a la mar los barcos que en los lejanos tiempos del Imperio, y en centurias posteriores, la suave limosna de la brisa les permitía cruzar el Atlántico a merced de las olas y las corrientes, teniendo siempre presente que, cuando estuvieran de retorno, había pendiente una visita de agradecimiento al templo donde habita la Patrona palmera.

De la tradición marinera de La Palma y su relación con la venerada imagen existe constancia plena. En las paredes del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves cuelgan siete magníficos exvotos marineros -otros cuatro se encuentran en la ermita de El Planto, uno en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz, también llamada de San Telmo y el último en la iglesia de Santo Domingo- en muestra de agradecimiento por los beneficios recibidos, "y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido", escribía Alberto José Fernández García.

Desde que comenzó la tradición marinera de La Palma, era costumbre que los veleros llevaran a bordo imágenes religiosas y en el caso de los barcos de la isla, una de Nuestra Señora de las Nieves, que siempre se situaba en lugar decoroso. A Ella los marineros le rezaban, agradecían y suplicaban, en cualquier momento y circunstancia, como bien escribe Armando Yanes en su libro Cosas viejas de la mar:

"Todos estos barcos llevaban en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves, a la que imploraban y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo: Madre mía de las Nieves, ayúdanos. Todavía recuerdo perfectamente oírles decir a algunos que, cuando en noches cerradas en plena y dura tempestad se les mandaba subir para ejecutar cualquier maniobra, el poner los pies sobre la regala y agarrar la jarcia para coger los flechastes, era lo primero que decían: ¡Madre mía de las Nieves, ayúdanos!. Y seguidamente trepaban obenques arriba con gran decisión, y esto, decían, les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba, a veces en lo alto de la jarcia, ejecutando ciegamente las órdenes que les había mandado su capitán".

Y cuando estaban de vuelta en la isla, rápidamente acudían al santuario a postrarse a los pies de la Patrona, expresándole su agradecimiento por el feliz regreso, teniendo la costumbre, si el viaje había sido malo y les había alcanzado alguna tempestad, llevarle botijas de aceite para el uso de la lámpara y haciendo promesas, entre ellas la de ir caminando unos desde el muelle, con el torso desnudo; otros sin hablar hasta llegar al santuario, y otros descalzos, la mayoría, dando así cumplimiento de lo que habían prometido.

Nuestra Señora de las Nieves fue la principal devoción que acompañó a la marinería y a los paisanos emigrantes en su camino a las Américas. Su culto está especialmente vinculado a los palmeros de ultramar, de modo que en los libros de fábrica de la ermita se encuentran abundantes referencias a las dádivas y regalos hechos por los indianos en gratitud a la Patrona por los favores recibidos, algunos de ellos de especial hondura espiritual.

De esta manera, el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves figura entre los primeros templos de Canarias en cuanto a platería americana, de una calidad y riqueza poco comunes. En el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos; cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes palmeros, agradeciéndole a la Patrona, de este modo, primero, su buena travesía y, después, su buena fortuna en la otra orilla del Atlántico. Esta costumbre, arraigada en el sentimiento de tantos y tantos palmeros creyentes y de buen corazón, se ha mantenido en el transcurso del tiempo y, entre otros, quienes en años idos para siempre fueron emigrantes en Cuba y después en Venezuela.

Era costumbre frecuente que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de Nuestra Señora de las Nieves, para recibir las limosnas y donativos. Lo explica el profesor Pérez Morera, cuando cita que "las cuentas de 1706 mencionan los 1.488 reales recaudados ’en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ’costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’".

El magnífico tesoro que constituye el joyero de la Nuestra Señora de las Nieves está compuesto, en una gran mayoría, por regalos de indianos. A finales del XVII -señala el citado investigador palmero- existían en América dos apoderados del santuario, uno en la capital peruana, Lima y otro en la capital cubana, La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en "rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…".

El viajero inglés Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887, escribe de su visita a la ermita de Las Nieves, que "es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricbarca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos".


Las plagas

Como hemos manifestado en anteriores crónicas, la venerada imagen de Nuestra Señora de Las Nieves ha sido trasladada en rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre ha sido el mismo: pedirle su intercesión ante las furias desatadas de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades...

En palabras del siempre bien recordado investigador Alberto José Fernández García, "Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia".

Relacionada con la sequía prolongada encontramos la rogativa de finales de marzo de 1639, en que permaneció en El Salvador durante nueve días, repitiendo la estancia en 1631, 1632 y 1676 por el mismo motivo, implorando los sufridos palmeros la llegada del agua tan necesaria.

Precisamente, en este último año, y "hallándose pues este prelado, D. Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias en esta Isla... y viendo la gran falta de lluvias que había entonces, informado de la gran devoción que estos naturales tenían a la Virgen de Las Nieves, dispuso se trajese a esta ciudad de Santa Cruz de La Palma, con motivo de esta calamidad y se celebrase aquel año, la octava de Candelaria con dicha santa imagen. (...) Y viendo la decencia del acto y la veneración con que se celebró dicha octava, juzgó sería conveniente que dicha santa imagen se trajese cada cinco años a esta iglesia parroquial de la Ciudad ..."

Ante las calamidades, los caminos de La Palma se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Entre los hechos relacionados con la langosta encontramos el acontecido el 16 de octubre de 1659, en que la plaga entró y "llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron".

Los cronistas atestiguan cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad y el apóstol San Andrés, a San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. "Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año".

En el transcurso del tiempo se produjeron otras ocasiones significativas, siempre relacionadas con prodigios y milagros atribuidos a la Virgen, como bien reflejan los testimonios de los cronistas de la época, siendo de destacar la presencia excepcional de la Patrona, entre otras desdichas, en enero de 1768 por una epidemia catarral y en junio de 1852, por haberse librado del cólera morbo.

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves implorando el remedio de la enfermedad que diezmaba la población palmera. Pérez Morera recoge en su trabajo sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que asoló a la Isla. Del Libro de Acaecimientos, formado por el vicario Felipe Alfaro en 1767 y depositado en el Archivo Parroquial de El Salvador, extraemos el siguiente párrafo:

"Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …"

Otro suceso célebre fue el ocurrido el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde está entronizada "la preciosa imagen de la olvidada patrona" de la ciudad, Santa Águeda, como bien apunta José Guillermo Rodríguez Escudero. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecía en toda la Isla. Entonces comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un barco cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de Nuestra Señora.

El 7 de mayo de 1770 se había fijado el día para que la Virgen regresase a su templo de la montaña, después de la Bajada de aquel año. El día anterior había venido la imagen del patriarca San José desde su ermita capitalina hasta El Salvador para despedirse de la Patrona palmera.

Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna "y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche". Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, "hasta el lomo que se llama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora".

Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tiempo tan avanzado de primavera, "y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas".

domingo, 17 de julio de 2005

El arraigo de una devoción mariana

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma


Desde hace algo más de cinco siglos, la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves es un hecho consustancial en la vida religiosa del pueblo palmero. Con la nuestra, suman ya más de cuarenta las generaciones que la admiran en su trono. En torno a su presencia se han tejido muchas historias e incluso algunas leyendas que se pierden en la noche de los tiempos.

"La majestad icónica y la concentración espiritual que emana de su rostro, esquemáticamente idealizado, refleja lo eterno y sobrenatural. Tal vez a ello -en palabras del profesor palmero Pérez Morera- se debe la poderosa atracción que ejerce sobre quien lo contempla y la devoción despertada a través de los siglos. Ante sus ojos, ’rasgados y abiertos que parecen mirar a todas partes’, como señala fray Diego Henríquez, quedaba el pueblo hipnotizado".

La Patrona amada, que vuelve hoy a recorrer las calles de la ciudad de Santa Cruz de La Palma, con ocasión de la primera Bajada del siglo XXI, se convierte en el denominador común que es capaz de aunar a todos los estratos sociales de la isla, y su Real Santuario ostenta, con legítimo orgullo, el protagonismo del principal centro de la devoción mariana en La Palma.

A mediados del siglo XVII las casas destinadas al alojamiento de los romeros en los aledaños de la ermita habían quedado pequeñas para albergar la llegada de gentes de toda la isla, "por ser esta Santa Imagen el amparo de toda esta isla y de sus moradores y las continuas obras milagrosas que hace Dios Nuestro Señor por su intercesión".

Desde el año de gracia de 1681, un año después de la primera Bajada del ciclo lustral instituida por el obispo García Jiménez, el licenciado Juan Pinto de Guisla cita que "su ermita era el primero y principal santuario de esta ysla, que la tiene por patrona y en las necesidades más urgentes, así publicas como particulares, se recurre a él por el remedio y quando instan las públicas se llevan a la santa ymagen a la ciudad, donde se le da muy decente culto, recibiéndola con la mayor autoridad y devoción que se puede".

La especial devoción que el pueblo palmero siente por Nuestra Señora de las Nieves ha sido invocada en toda clase de conflictos, motivado tanto por erupciones volcánicas, como por la sequía, inundaciones, plagas de langosta, epidemias y correrías. En ocasiones especiales, la sagrada imagen ha recorrido incluso toda la Isla.

El franciscano fray Diego Henríquez, en 1714, después de relatar los milagros de Nuestra Señora de las Nieves, recuerda cómo "las otras maravillas y beneficio desta prodigiosa imagen, los tullidos, baldados y las otras enfermedades que ha sanado; los despeñados y naufragios de que ha librado; los conflictos y necesidades que ha remediado a los que han implorado su favor y auxilio, las dicen más bien las muletas, pedaços de maromas, cuerdas, pinturas y demás instrumentos que en su iglesia se miran para eterna memoria colocados en las paredes, sin los muchos que se quedan en el olvido sepultados".

El relato de Viera y Clavijo, fechado en 1776, dice que "de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta; la lámpara que, en una penuria de aceite, ardió incesantemente y aún rebosó; la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646; el otro volcán de 1711 que, a vista de la imagen, se extinguió; y, finalmente, el incendio de la ciudad, el 25 de abril de 1770, que habiendo empezado al tiempo que se retiraba la procesión a su santuario y llevando catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo".

En la Pandecta del obispo fray Joaquín de Herrera, en 1782, se determinaba que si "aconteciere que la bajada de esta milagrosa Ymagen fuere en rogativa, se hará la señal como tal, sin repiques y viniendo procesionalmente, con la letanía de los santos, llegando al Puente inmediato a la Parroquia, sesarán las rogativas (y) se entonará el Te Deum, entrando en la Iglesia con repique y colocada en su trono la Señora, se hará la rogación".

Esos mismos prodigios fueron relatados por René Verneau tras su estancia en La Palma, donde informa, además, que "a una corta distancia se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Se dice que ya existía en este lugar una pequeña iglesia antes de que la conquista de la isla fuese terminada. Hoy, gracias a la generosidad de los fieles, la estatua tiene un templo más decente y está cubierta de joyas de un valor aproximado a 10.000 francos. De esta manera, Ella no se ha mostrado ingrata y ha pagado con milagros las privaciones que se han impuesto sus adoradores…".

En la prosa de Gabriel Duque Acosta, pregonero de la Bajada de 1970, "Santa Cruz de La Palma ha sentido en sus nobles piedras el aire decantador de los tiempos. Sabe de ataques piratas, de lances de capa y espada, de aventuras gentiles que estrellaron los susurros en las cerradas celosías. Sabe de una Religión que aquí sentó sus raíces y floreció en la América, luminosa y legendaria. Sabe de aventureros y de santos, de poetas y marinos. Allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante prodigio…"

"Y en una mañana rubia de sol -escribe Julio M. Marante Díaz, pregonero de la Bajada de 2005-, dejará el templo de La Encarnación y tronarán los cañones... dialogarán el Castillo y La Nave... y Santa María de Las Nieves en loor de multitudes, estrella en medio de una constelación cívica que se mueve lentamente, llegará hasta El Salvador, a través del brujo encanto de unas calles de leyenda, guiada por un repicar incesante de campanas, que agitará las almas de todos los palmeros congregados y de los forasteros también... Luego, otra vez el rito: cada día se izará la bandera en el castillo de la Encarnación y se oirá el cañonazo que proclama su presencia... y esa salva se volverá a escuchar cada tarde cuando arríen su bandera. Y así, con el homenaje, que durará hasta su retorno al Santuario del monte el 5 de agosto, viviremos momentos de plegarias y promesas, de votos y de ansias en el trance de la fiesta".



La Virgen y los volcanes
En el año de gracia de 1646, La Palma vivió la sobrecogedora experiencia de un nuevo volcán. Núñez de la Peña refiere que habiéndose llevado con este motivo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves en rogativa desde su santuario hasta la iglesia de El Salvador, amaneció al día siguiente la cima cubierta de nieve y se extinguió la actividad eruptiva.

"En el año de 1646, por el mes de noviembre, rebentó un bolcán en la isla de La Palma, con tan grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas: despedía de sí un arroyo de fuego y açufre, que salió al mar. Los vezinos de la ciudad truxeron a ella en procesión a Nuestra Señora de Las Nieves; imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieve, con que cesó, auviendo durado algunos días".

"Duró este bolcán con sus arroyos, temblores y ruidos hasta el 21 de diciembre; y fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves, Nuestra Señora, con su rocío favorable, nevó en el volcán; y en esta isla hubo un rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles Nuestra Señora con su benditísimo hijo Nuestro Redentor Jesucristo. En esta ocasión estaban todos los vecinos tan devotos y frecuentadores de los templos, que no salían de ellos".

Nuestra Señora de las Nieves permaneció en el templo de El Salvador desde el 22 de junio de 1646 hasta el 9 de enero de 1647, en la que posiblemente haya sido una de sus estadías más largas en la ciudad capital. La cera que se gastó durante todo ese templo se elevó a 50 reales, cantidad que fue abonada por el doctor Francisco Fernández Franco, racionero de la Catedral.

Las erupciones volcánicas y la venerada imagen de Nuestra Señora de las Nieves sostienen una estrecha relación histórica, social, cultural y espiritual. José Guillermo Rodríguez Escudero, en uno de sus interesantes trabajos, señala que en recuerdo de estos prodigios existen dos cuadros en el Real Santuario, en los que su autor quiso parangonar los dos hechos milagrosos de la nieve de Nuestra Señora: el del Monte Esquilino de Roma y el del volcán de La Palma.

En los cuadros citados aparecen las siguientes inscripciones: "Refugium Pecatorum. / Venció al tiempo tu clemencia / y para refugio nuestro / delineaste con tu Nieve / en el Esquilino un templo"; "Consolactrix Aflictorum / a tu presencia nevado / el Mongibelo palmense / zelos le dio al Esquilino, / nuevas glorias a Tu Nieve".

El visitador general Juan Pinto de Guisla, testigo presencial de la erupción del volcán de San Antonio, ocurrida en 1677, rememora, refiriéndose al volcán de 1646, que el 18 de diciembre del citado año, día de la Expectación de la Virgen, "amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Nuestra Señora de Las Nieves, cuya santa imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades".

"Esta el volcán en su fuerza sin disminución -señala en su relato-, y de todas las bocas que abrieron sólo permanecen la principal de sobre la montaña, por donde salen llamas, humo, piedras y arena, y las tres que están a la subida, que son las que brotan la materia fluida que ha cubierto y cerrado las demás bocas corriendo sobre ellas continuamente, los temblores de tierra y con ello las tribulaciones de los habitadores de esta isla que con continuas súplicas, imploran la Piedad Divina por medio de María Santísima Nuestra Señora, cuya Santa Imagen de las Nieves queda en esta ciudad en el convento de las Religiosas Claras, en donde se volverá a la parroquia continuándose las rogativas hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros su misericordia, librándonos de esta tribulación".

En octubre de 1712, el volcán de El Charco sembró de nuevo la inquietud entre los habitantes de La Palma, afectando especialmente a la comarca del sur de la isla, y de nuevo se imploró la protección de Nuestra Señora de las Nieves.

Habrían de pasar más de doscientos treinta años para que se registrara una nueva erupción en La Palma. En 1949, el volcán de San Juan fue motivo, una vez más, para que el pueblo palmero acudiera a Nuestra Señora de las Nieves en busca de auxilio ante las furias desatadas de la Naturaleza o, como decía DIARIO DE AVISOS, "para por su mediación pedir al Todopoderoso apagar las iras del volcán".

El 24 de julio, que fue domingo, la Patrona palmera salió a las siete y media de la mañana en procesión desde su santuario del monte camino de la villa de Breña Alta. Al llegar a la ermita de La Concepción se ofició una misa y a continuación prosiguió la comitiva hasta la parroquia de San Pedro, donde, antes de entrar, la venerada imagen dio vista al volcán y se ofició de nuevo la liturgia.

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, la comitiva salió de la parroquia, desde la que se distinguían las luminarias del volcán en la cumbre, hasta la iglesia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma "seguida de una multitud inmensa, uniéndose a la suntuosa manifestación de los numerosos vecinos del trayecto que querían unir sus preces".

La comitiva estaba presidida por los alcaldes de Breña Alta, Martín Cabrera Monterrey y de Santa Cruz de La Palma, Rafael Álvarez Melo, así como el clero de las dos parroquias y el arcipreste del distrito, Luis van de Walle Carballo. A las nueve de la noche, Nuestra Señora de las Nieves entró triunfal en la iglesia de El Salvador, donde fue recibida en medio de un gran fervor, y a continuación se oficiaron solemnes cultos, iniciándose un novenario de rogativa.

"Los fieles de La Palma -dice DIARIO DE AVISOS- se aprestan a asistir devotamente a estos piadosos actos para, por mediación de la Santísima Madre, impetar del altísimo que apague la gran hoguera en que hoy arden las tierras de La Palma, sumiendo en el dolor y la miseria a numerosos vecinos hermanos nuestros".

El 26 de julio, al día siguiente de encontrarse Nuestra Señora de las Nieves en la capital palmera, la actividad del volcán decreció considerablemente. En los días posteriores, y a excepción del 30 de julio, en que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro? La devoción de la isla así lo creyó.

domingo, 10 de julio de 2005

Cita lustral en el puerto palmero

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Santa Cruz de La Palma


Las Fiestas Lustrales de Nuestra Señora de las Nieves representan el punto de encuentro para los palmeros en la diáspora. Desde finales del siglo XIX, en que se regularizaron las escalas de los barcos de la emigración en el puerto de Santa Cruz de La Palma, unos pocos indianos acaudalados y otros menos favorecidos hacían coincidir sus viajes de retorno coincidiendo con la celebración de la Bajada. Entre los primeros los había que después regresaban de nuevo a sus posesiones en la isla de Cuba y entre los segundos, en más de una ocasión se repitió la experiencia, empujados por las dificultades económicas y el indudable atractivo que ejercía la Perla de las Antillas.

Como es sabido este flujo de personas se mantuvo hasta la decadencia de la emigración a Cuba y el cierre definitivo de la línea de las Antillas, que facilitaba el traslado de la corriente migratoria de una orilla a la otra del Atlántico, utilizando para ello también las líneas que hacían escala en los puertos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas.

A La Palma, entonces, se llegaba por mar. Y por mar llegaron también los paisanos que vivían en otras islas o en las plazas africanas, a bordo de los históricos correíllos negros o en los barcos del cabotaje; y a partir de finales de los años veinte, los que residían en Madrid o en cualquier otra ciudad peninsular, llegaban a la isla en los barcos de Trasmediterránea y en las motonaves de Líneas Pinillos, logrando así el retorno a la isla por unos días para ver a sus seres queridos y disfrutar de las fiestas en honor de la Patrona amada.

Con el paso del tiempo, las mejoras experimentadas en el transporte marítimo contribuyeron, sin duda, a una mayor afluencia de paisanos y de público en general, a pesar de las limitaciones hoteleras que entonces tenía la isla, con una escasa oferta, organizando sus desplazamientos para venir a La Palma en una fecha tan señalada.

En Venezuela había palmeros desde finales de los años cuarenta. La mayoría eran paisanos que habían llegado al país en los veleros clandestinos y en las líneas regulares, y cuando abrió sus puertas la emigración legal, merced a los acuerdos bilaterales suscritos entre los gobiernos de Franco y Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez, comenzó el éxodo de miles de paisanos que cruzaron el Atlántico a bordo de los trasatlánticos, en su mayoría de nacionalidad portuguesa, panameña, italiana y española.

El camino de ida de la diáspora palmera a América se convirtió también en camino de vuelta. Por espacio de cuatro lustros, entre 1955 y 1970, y con motivo de la Bajada de la Virgen de Nuestra Señora de las Nieves, el puerto de Santa Cruz de La Palma acogió la presencia excepcional de seis trasatlánticos de la emigración que venían en viaje directo desde La Guaira. En algunos casos, especialmente en la Bajada de 1965, en que arribaron nada menos que tres barcos, el esfuerzo era el resultado de dos agencias de viajes radicadas en Caracas y propiedad de palmeros: Viajes Sport y Viajes El Teide, con sede en Quinta Crespo y en la Avenida Baralt, respectivamente.

Venezuela vivía entonces una época dorada. El bolívar se cotizaba alto y las remesas de dinero enviadas por los emigrantes que trabajaban de sol a sol en la otra orilla contribuían generosamente al sustento de sus familias y, en definitiva, al desarrollo de La Palma y de Canarias.

La bonanza económica, social y política permitía emprender con holgura el largo viaje de ida y vuelta y afrontar con comodidad la estancia en la isla. La llegada de los indianos, que la voz popular también llamaba "los venezolanos", aún siendo paisanos, era un llamativo signo de atracción en todos los pueblos de la isla, pues algunos, incluso, traían sus propios coches, unos modelos americanos -Chevrolet, Buick, Ford...- entonces prácticamente desconocidos en las islas.


Desde Venezuela

El primero de los barcos de la emigración que arribó al puerto palmero en la cita lustral fue el trasatlántico portugués Vera Cruz, que llegó el 7 de junio de 1955, en medio de una gran expectación. Aquel día se encontraban atracados en el trozo de muelle los fruteros Bangsbo, de la compañía danesa Det Forenade (DFDS) y el histórico Monte de la Esperanza, de Naviera Aznar.

El hermoso buque, propiedad de la Compañía Colonial de Navegación, fondeó al resguardo del Risco de la Concepción, frente a la playa de Bajamar, y los pasajeros y sus equipajes desembarcaron en los botes de servicio del citado "liner", llegando a tierra en medio de la emoción de sus seres queridos y la curiosidad de cientos de personas que se habían congregado en las proximidades.

Un lustro después correspondió el protagonismo a su gemelo Santa María, sin duda uno de los barcos más famosos de la emigración canaria a Venezuela, que arribó el 11 de junio de 1960, unos meses antes del célebre secuestro por el comando de Galvâo. Dadas las limitaciones operativas del muelle y el calado del buque, el trasatlántico fondeó a casi una milla y, al igual que sucedió en la ocasión anterior, los paisanos desembarcaron en los botes del "liner", repitiéndose las escenas de alegría y emoción ante tan anhelado reencuentro.

En el año lustral de 1965 llegaron a La Palma, nada menos, que tres barcos procedentes de Venezuela. El 2 de junio arribó, por primera vez, el trasatlántico italiano Irpinia. Testigos presenciales de aquella fecha recuerdan que el gentío que se congregó en el muelle y en los alrededores para presenciar la entrada del barco fue "impresionante", pues desde hacía unos días se había anunciado en las páginas de DIARIO DE AVISOS y en las ondas de la emisora sindical "La Voz de la Isla de La Palma", por lo que su llegada era de dominio público.

El elegante trasatlántico aminoró la velocidad frente a los cuarteles de Breña Baja y esperó el embarque del práctico José Amaro Carrillo, dando luego "avante poca" con el ancla de babor a la pendura para iniciar la maniobra de atraque, en la que se cruzó con el frutero danés Athos y con el carguero español Mariloli, que se encontraban fondeados frente a la playa de Bajamar. Durante su estancia en el puerto palmero compartió atraque con los fruteros Duero y Ciudad de Salamanca, así como con el costero Vicente Gallart.

Según hemos podido constatar, el trasatlántico italiano Irpinia estuvo en el puerto palmero en cuatro ocasiones, la última de las cuales sucedió el 10 de junio de 1966. La agencia de viajes El Teide, propiedad de empresarios palmeros, había sido la principal promotora de que el "liner" italiano viniera a La Palma.

Unos días después, el 13 de junio, que fue domingo, arribó el trasatlántico italiano Surriento, con una expedición de 113 pasajeros. La fiesta de recibimiento casi se tiñe de luto cuando una niña de seis años, al intentar coger una serpentina, cayó al agua y pudo ser salvada gracias a la inmediata y decidida actuación de uno de los presentes, José Hernández Vargas, que consiguió rescatarla con vida y todo quedó en un susto mayúsculo.

Con anterioridad, este buque había estado en el puerto palmero el 27 de enero de 1963, fecha en la que el citado trasatlántico se vinculó para siempre con la historia del puerto de Santa Cruz de La Palma. Como en las grandes solemnidades de la mar, el "liner" arribó aleteando al viento la multicolor empavesada y saludó a la ciudad con las pitadas de rigor.

Posteriormente, el armador del Surriento, Achille Lauro, envió una carta al alcalde de Santa Cruz de La Palma, Miguel Sosa Pérez, en la que le manifestaba, entre otras consideraciones, que "el comandante Ángel Carmincich, a su llegada a Nápoles, me ha hecho el elogio de la calurosa, espontánea y cariñosa acogida que usted, las autoridades civiles y portuarias, así como la población, han tenido a bien manifestar a nuestra unidad en ocasión de la escala efectuada en su bella isla".

"Los honores que han tributado a mi buque y a su tripulación -prosigue- me han llegado al corazón y han confirmado la unidad espiritual que vinculada a nuestros dos países. El pueblo español y el pueblo italiano vienen hondamente unidos por una idéntica fe religiosa, por analogías de lengua y por una igual sensibilidad de temperamento. Se entienden profundamente y el calor de esta manifestación no quedará como un simple episodio momentáneo, sino como un bellísimo y cariñoso recuerdo por cuantos en ello han participado".

Achille Lauro, cavallere del Valoro, expresaba en su misiva su deseo de que la primera visita del Surriento "pueda ser el inicio de un tráfico regular importante que me permitirá continuar escalas regulares en esa isla" y agregaba que "si a mí me resultara imposible venir un día personalmente a Santa Cruz de La Palma, puedo asegurarle que lo hará mi hijo y en nombre mío le extenderá a V. un abrazo y rendirá piadoso homenaje a la Santa patrona de la Isla, la Virgen de las Nieves".

Un día después, el 14 de junio, arribó, también por primera vez, el trasatlántico italiano Anna C, en viaje directo desde La Guaira, ocasión en la que desembarcaron 45 pasajeros.


La escala del "Begoña"

La última escala de este ciclo lustral correspondió al histórico trasatlántico español Begoña, de la Compañía Trasatlántica Española, uno de los barcos más famosos de la emigración canaria a Venezuela -al igual que su casi gemelo Montserrat-, que arribó en la tarde del 28 de mayo de 1970, procedente de La Guaira y Puerto España (Trinidad). El viaje lo había cubierto en ocho singladuras y en el puerto palmero desembarcaron 110 palmeros, que fueron los últimos que llegaron por mar desde Venezuela con motivo de la celebración de las Fiestas Lustrales.

Manuel Marrero Álvarez, que desempeñaba entonces la dirección de la consignataria Viuda e Hijos de Juan La Roche en Tenerife, consultó con Manuel Padín, uno de los directores de la compañía en Madrid y con el capitán Gerardo Larrañaga, a quien había informado en la escala anterior en Tenerife, de la previsión que había de entrar en La Palma en el siguiente viaje y de la importancia que tenía la fiesta de la Bajada de la Virgen "y tanto uno como otro no sólo no pusieron inconvenientes, sino que, al contrario, facilitaron que el Begoña entrara en La Palma. El capitán Larrañaga, ya fallecido -recuerda Manuel Marrero Álvarez- no puso inconvenientes, al contrario, le sedujo la idea de entrar en La Palma en el viaje siguiente, y eso que no conocía el puerto, pues no había estado nunca en la isla. Me pidió que le llevara una carta náutica y un portulano y recuerdo que se los compré a Francisco Simón en la Comandancia de Marina".

En la fecha señalada, Manuel Marrero se desplazó a La Palma en avión en unión del periodista Juan Antonio Padrón Albornoz, siendo recibidos en el aeropuerto por el consignatario de Trasatlántica en la isla, José Duque Martínez. A las cinco de la tarde, y desde el radioteléfono del motovelero Diana, Manuel Marrero estableció contacto con el capitán del Begoña. "Cuando hablé con el capitán Larrañaga, me dijo que se encontraba a una hora de la llegada y que ya había contactado con el práctico. Volvía a hablar con él cuando ya estaba casi dentro del muelle y me dice: ¡Esto va, Manolo. No te preocupes. Sí, sí, vamos pa’ dentro, que los paisanos de la Palma lo merecen’. Y así metió el barco dentro de la bahía, a las seis de la tarde, en una maniobra espectacular y sin remolcadores, y eso que el Begoña era, para su época, un barco relativamente grande. Gerardo Larrañaga era muy buen profesional y con el ancla y la máquina lo metió bastante justo donde tenía el atraque asignado".

El trasatlántico español entró empavesado y al enfilar la bahía de Santa Cruz de La Palma lanzó una salva de cohetes e hizo sonar la sirena en cordial saludo a la ciudad, cuyo eco se propagó por el risco de la Concepción. En el puerto palmero quedó atracado estribor al muelle entre los mercantes españoles Plus Ultra y Sierra Madre.

"Yo nunca había visto tanta gente en un trozo de muelle -continúa Manuel Marrero- y eso que estaba acostumbrado al movimiento de personas en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Me quedé impresionado. Recuerdo que venía de sobrecargo Isidro Bilbao, a quien correspondió organizar a bordo una magnífica recepción oficial seguida de una cena a la que asistieron las primeras autoridades de la isla, así como los alcaldes, todo ello en un ambiente muy emotivo y cordial".

"En Santa Cruz de La Palma tuvimos que desembarcar a un pasajero enfermo, que iba a Vigo, siendo hospitalizado y muy bien atendido, continuando después viaje a su destino. Recuerdo que el barco había hecho escala en Trinidad, donde embarcaron un buen número de pasajeros de color que iban a trabajar a Inglaterra. Durante unas horas estuvieron paseando por las calles de Santa Cruz de La Palma, poniendo así una nota exótica a aquella tarde imborrable.

A medianoche, el "liner" español continuó su viaje rumbo a Santa Cruz de Tenerife, Vigo y Southampton. Las luces del barco se difuminaron poco a poco en la noche y en Santa Cruz de La Palma se había vivido una jornada intensa y especialmente emotiva.